The Boggel: Constantinopla
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La fragmentación del Imperio romano






La amenaza de los pueblos bárbaros


Más allá de las fronteras del Imperio romano vivían una serie de pueblos muy diferentes a los que los romanos llamaban bárbaros, que significaba extranjero, pero también tosco, inculto o salvaje.
Algunos pueblos bárbaros, como los hunos, procedían de las estepas de Asia, unas áreas inhóspitas. Se dedicaban fundamentalmente a la ganadería y hostigaban constantemente a hostigaban constantemente a otros pueblos.

También había pueblos bárbaros que procedían del norte y el este de Europa; eran los germanos. Se organizaban en tribus, dirigidas por una asamblea de guerreros que elegía el jefe. Vivían de la ganadería y la agricultura itinerantes, por lo que se desplazaban constantemente. Habitaban zonas frías, con abundantes nieves. Atraídos por un clima más benigno y por las riquezas del Imperio romano se habían ido acercando a las fronteras del Imperio.

Los germanos mantenían relaciones con los romanos, unas veces pacíficas  otras violentas. Por ejemplo, les vendían ámbar, pieles, madera y esclavos, e incluso algunos participaban en las legiones romanas y explotaban pequeñas propiedades dentro del Imperio. Sin embargo, en ocasiones los germanos acosaban las fronteras romanas. Por eso, los romanos construyeron fortificaciones a lo largo de los ríos Rin y Danubio.

No obstante, los germanos no supusieron una amenaza importante hasta el siglo II. Pero, a partir del siglo III, el Imperio romano comenzó a sufrir una profunda crisis: el comercio disminuyo y la economía se estancó. Aprovechando esta debilidad, algunos pueblos bárbaros traspasaron las fronteras del Imperio. Unos grupos realizaron incursiones de rapiña; otras se asentaron pacíficamente en algunas zonas del territorio romano.



La división del Imperio


Ante la grave crisis del Imperio romano y la amenaza de los germanos, en el año 395 el emperador Teodosio dividió el Imperio en dos partes para facilitar su defensa: el Imperio romano de Occidente, con su capital en Roma, y el Imperio romano de Oriente, con capital en Constantinopla. Cada uno de estos territorios tenía su propio emperador y sus instituciones.
En Occidente, los emperadores eran muy débiles y fueron incapaces de frenar a los germanos y a los hunos.
En Oriente, en cambio, el imperio se mantuvo otros mil años, aunque paso a llamarse Imperio bizantino



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